Desde hace tiempo vivo en San Francisco, Estados Unidos, muy lejos del barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires, donde nací. Pero nunca olvido al nene de al lado con el que jugaba en las veredas soleadas, aquel que me hablaba en italiano y me ponía discos de Caruso, ni tampoco a la vendedora de ricos pletzalej de la esquina que me hablaba en idish, igual que su papá, que también hablaba en idish con su abuela, la que a veces nos cantaba a mí y mis hermanos lindos cantitos en francés.

Desde entonces soy poeta, autora de canciones, cuentos y obras de teatro, porque me encanta el sonido de las palabras e imaginar historias que no sé si recuerdo o me contaron, pero escribo para que otros lean. Como escuché muchos idiomas en mi vida, sé bien que tanta gente en el mundo dice cosas que pueden ser música para unos y ruido para otros, porque cuando uno no entiende el idioma que habla el otro, se confunde y no sabe qué quiere esa persona ni cómo se siente. Aunque no se pueden aprender todos los idiomas de la tierra, yo estudio los que puedo. Ahora voy por el séptimo.


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• El día al revés
Débora Simcovich